perseverancia en el futuro

Hace unos días me hicieron una pregunta que parece sencilla, pero que mientras más la pienso, más complicada me resulta:

¿Cómo serán las plazas de mercado del futuro?

Mi primera reacción fue imaginar tecnología, pantallas, inteligencia artificial, pagos digitales, drones, aplicaciones para pedidos, cámaras que reconozcan productos, sistemas que sepan qué se está vendiendo y qué hace falta comprar....

Después pensé que probablemente estaba buscando la respuesta equivocada. Porque si algo he aprendido trabajando con innovación es que, cuando comenzamos preguntándonos qué tecnología necesitamos, muchas veces terminamos tratando de resolver problemas que nadie tiene.

La pregunta correcta probablemente sea otra:

¿Qué plaza de mercado necesita la ciudad del futuro?

Y ahí la conversación cambia completamente. Las plazas de mercado son mucho más antiguas que nuestras ciudades modernas. Nacieron para resolver una necesidad bastante elemental: llevar alimentos hasta las personas.

Pero alrededor de esa necesidad comenzaron a ocurrir muchas otras cosas. Se intercambió dinero, pero también conocimiento, aparecieron oficios, recetas, historias, acentos, relaciones de confianza. Se construyeron barrios alrededor de ellas, se encontraron productores y consumidores, se transmitieron saberes de una generación a otra.

Una plaza de mercado nunca fue solamente un lugar donde se compran alimentos, tal vez nosotros fuimos quienes, durante algún tiempo, decidimos verla así, pero las ciudades cambiaron. Cambió la forma de producir alimentos, cambió la forma de transportarlos, cambiaron los hábitos de consumo, aparecieron supermercados, grandes superficies, plataformas digitales y nuevas formas de distribución.

Llegaron el internet, el teléfono inteligente y mas recientemente la inteligencia artificial; pero también llegaron problemas que antes no teníamos con esta dimensión: desperdicio de alimentos, residuos, presión sobre los recursos naturales, crisis climáticas, cambios demográficos y generaciones que tienen otras formas de relacionarse con las ciudades.

Entonces, si las preguntas de la ciudad cambiaron, ¿por qué las de las plazas no ?

Creo que allí está una de las conversaciones más interesantes que tenemos por delante. La plaza del futuro no debería abandonar lo que la hizo importante, debería, por el contrario, "potenciarlo".

El comerciante puede seguir siendo comerciante, pero también puede convertirse en emprendedor y portador de saberes.

El producto puede seguir siendo un producto, pero también puede contar una historia, de dónde viene, quién lo produjo, qué territorio representa.

El cliente puede dejar de ser solamente alguien que compra y convertirse en parte de una comunidad.

El residuo puede dejar de ser un problema y convertirse en un recurso.

La plaza física puede comenzar a relacionarse con un ecosistema digital, y la administración puede evolucionar hacia algo que me parece mucho más interesante "la gobernanza".

Porque una plaza no se transforma solamente remodelando un edificio. Se transforma cuando cambian las relaciones entre quienes la hacen posible, comerciantes, productores, consumidores, comunidades, gobiernos, universidades, empresas y organizaciones sociales; y aquí aparece una palabra que para mí resulta fundamental "conectar".

Una plaza conecta campo y la ciudad, conecta productores y consumidores, conecta economía y cultura, conecta tradición e innovación, conecta múltiples generaciones, y puede conectar incluso cosas que normalmente pensamos por separado; alimentación, turismo, sostenibilidad, tecnología, emprendimiento y desarrollo urbano.

Por eso me gusta pensar que las plazas de mercado pueden convertirse en "nodos de ciudad", no porque necesitemos ponerles un nombre sofisticado a lugares que ya existen, sino porque necesitamos comenzar a reconocer todo lo que ocurre dentro de ellos.

Una plaza puede alimentar a la ciudad, pero también puede enseñarle a comer mejor, puede vender productos, pero también puede generar oportunidades económicas, puede preservar una receta, pero también convertirla en una experiencia cultural, puede recibir residuos, pero también experimentar con economía circular, puede utilizar tecnología, pero no para parecer moderna, sino para resolver mejor sus problemas, puede atraer turistas, pero sin dejar de pertenecerle a su comunidad, y puede además convertirse en un laboratorio. De hecho, creo que Bogotá tiene una oportunidad extraordinaria en este sentido, una ciudad no necesita esperar a que alguien invente la plaza del futuro en otra parte del mundo, puede experimentar con sus propias plazas; puede probar, medir. equivocarse, aprender, volver a probar...y al final eso es un laboratorio.

Y quizás esa sea una de las mayores oportunidades que tenemos: dejar de pensar las plazas como infraestructura que simplemente debemos administrar y comenzar a tratarlas como "infraestructura social estratégica".

Porque hay algo que la tecnología todavía no ha podido reemplazar "la confianza". Podemos comprar por una aplicación, pero seguimos necesitando confiar en quien produce nuestros alimentos.

Podemos recibir una recomendación de un algoritmo, pero todavía queremos que alguien nos diga cuál es el mejor tomate para la receta que vamos a preparar.

Podemos conocer una ciudad a través de un app de mapas, pero hay cosas que solamente entendemos cuando caminamos por un mercado, escuchamos sus voces, olemos sus cocinas y conversamos con quienes llevan treinta años siendo parte ese mundo.

Quizás el futuro de las plazas no esté en parecerse más a internet, quizás esté en descubrir aquello que internet no puede hacer, lo que nos lleva nuevamente a la pregunta inicial.

¿Cómo serán las plazas de mercado del futuro?

No lo sé, creo que esa es precisamente la respuesta correcta. No deberíamos tener todavía una respuesta definitiva, deberíamos mas bien tener mejores preguntas:

¿Cómo hacemos que una plaza sea parte de la seguridad alimentaria de una ciudad?

¿Cómo hacemos que la economía popular pueda crecer y no solamente sobrevivir?

¿Cómo convertimos el patrimonio cotidiano en una experiencia capaz de atraer nuevas generaciones?

¿Cómo hacemos que producir menos residuos también pueda producir nuevas oportunidades?

¿Cómo utilizamos la inteligencia artificial, los datos, la trazabilidad y las plataformas digitales sin convertir la tecnología en un fetiche?

¿Cómo hacemos que una plaza pueda hablarle simultáneamente al comerciante tradicional, al consumidor digital y al joven que todavía no ha descubierto que ese lugar también puede ser suyo?

Y quizás la pregunta más importante:

¿Cómo hacemos para que las plazas sigan siendo lugares de encuentro en ciudades que cada vez tienen menos lugares para encontrarnos?

En octubre, Bogotá será escenario del Primer Encuentro Internacional de Plazas de Mercado en el marco de Expo Agrofuturo.

La Alcaldía de Bogotá, en cabeza del Instituto para la economía social, nos han invitado a apoyar el evento y lo haremos desde nuestra propia experiencia consientes de la importancia de todas preguntas para nuestra región, además me gusta pensar que no será simplemente un encuentro sobre mercados, será una plaza en sí misma, será un lugar para encontrarnos, intercambiar experiencias, escuchar otras ciudades, mostrar lo que estamos haciendo y, sobre todo, hacernos preguntas.

Porque tal vez las plazas del futuro no serán aquellas que tengan más tecnología, serán aquellas capaces de hacer algo mucho más difícil, seguir alimentando a la ciudad presente, mientras ayudan a construir la ciudad futura.